domingo, 21 de abril de 2013

Parpadeo (I)

Imagínate que cada vez que cierras los ojos, el mundo se para, y que cada vez que los abres, apareces en un lugar diferente, viviendo otra vida, habitando otro cuerpo, olvidando lo que has vivido hasta ahora.

Ahora imagínate que no olvidas, que cada parpadeo se mezcla con un millón de vidas y media que suceden sin orden ni sentido.

Y entonces llega un momento en que, con los ojos resecos, no vuelves a parpadear. Eres viejo, te ayudas de un bastón para caminar. Eres mucho más viejo de lo que aparentas, porque la moral pesa más que los años.

Intentas cerrar los ojos y volver a otra vida, ser joven de nuevo, ser cualquier otra persona menos quien eres.

Intento fallido.

Estás solo en un gran pabellón, que es cruzado por un río.

Apenas puedes andar solo. Gritas para pedir ayuda, pero ya no existe otro ser vivo en el universo, un universo formado por ti, el río y el pabellón.

Una risa suena por todas partes, lejana, pero sabes a donde mirar, hacia arriba.
Allí, en el dintel, hay una chica. Tendrá unos 15 años. Lleva un vestido blanco de mucho vuelo y está cuidadosamente sentada para que no se le vea nada. El vuelo cuelga de la viga sobre la que está sentada. Lleva sandalias griegas, y los pies le cuelgan mirándose el uno al otro. Se ríe, de ti, quizás.

Y te preguntas en qué momento tú dejaste de ser ella y ella comenzó a ser tú.

Entonces ya no está en la viga, sino a tu lado, y en todas partes. Corre y grita, ríe.
Sientes las sandalias contra el suelo, sientes que puedes volver a andar. Tú, por fin, ya no eres tu, y vuelves a ser ella.

Vuelves a ser quien siempre has sido. Vuelves a ser yo.

Pero en realidad sigo encima de la viga, observando al viejo, antes de que se marche. Y perece, desaparece, o pasa  al siguiente nivel, como quiera llamarlo.

Estoy sola, en un mundo formado por una viga, y lo que era pabellón es un bosque, y el río se ha hecho más caudaloso.

Me dejo caer al río, atravesando el firmamento al caer al agua.

Y despierto.


...


Cuando era pequeña e iba a natación, solía pensar en que había gente en las vigas del pabellón sentada, gente que me importaba de verdad, y así me esforzaba al máximo al nadar bocarriba... y además se hacía menos monótono.
Cuando saltaba desde el trampolín, nunca lo hacía con los ojos abiertos. Siempre mantenía los ojos cerrados, por un momento que a mí me parecía infinito, y puedo confirmar que en ese momento entre dos mundos, entre el aire y el agua, entre el vuelo y el impacto, el mundo se paraba. Completamente. Por y para mí.

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