sábado, 2 de junio de 2012

Semillas segadoras.

¿qué puede esperar la cosechasino importarle al Segador? -Terry Partchett, Mundo Disco, "El Segador"

Hoy he tenido un sueño alrededor de esa idea. Estaba en una situación en la que  casi muero, algo de una lucha contra otros seres, en plan una mezcla entre bichos sobrenaturales y daleks. Como fuera, me convertía en La Muerte por puro ofrecimiento del Señor de la Muerte. Y podía seguir con mi vida normal. Hasta que me tocaba matar a una amiga.Yo les advertía lo que iba a pasar y les dije que huyeran, que se escondieran, para que yo no pudiera encontrarles. Pero, inevitablemente, cuando tuve que llevar a cabo mi tarea, contra mi voluntad, tuve que buscarles y aunque no quería, sabía que iba a encontrarles.

Entraba a buscarles en un edificio que parecía una escuela de arte. Iba con ropa normal, o sea, humana 100%.Entonces uno de los profesores, uno ciego, se asomaba a la escalera y olía el aire.


-Uno de tus alumnos huele a sangre, pero no la de sus venas, sino la de la firma. Uno de tus alumnos tiene su nombre en el Tractatus (*)  firmado con su propia sangre. Uno de tus alumnos huele a MUERTE. -gritaba el viejo ciego a los cuatro vientos. Todos sabían lo que eso significaba.


A mí se me ponían los ojos como platos, pues no pensaba que nadie fuera capaz de descubrirme.


(*)El "Tractatus" es un libro de Wittgestein que hemos visto este año, nada que ver con el sueño, pero no sé, en el sueño aparecía como el libro de todas las personas que eran la muerte en ese momento (Sí, según el sueño el Señor de la Muerte encargaba su tarea a varias personas a la vez)... ¡¡TANTO ESTUDIAR ME ESTÁ TRASTORNANDO!!


Todo el mundo se alborotaba y salía corriendo. Yo podía oler dónde estaba a quien me tenía que llevar.
Cuando encontraba a mi amiga, su novio estaba delante de ella. Decía mi nombre y rogaba que no hiciera nada, y lloraba. Pero de repente había una burbuja en la que él no podía entrar y era como si en el mundo sólo estuviéramos ella y yo, y nada más existiera.


-No vas a llevarme -lloraba ella- aún no. Por favor.


-¿A qué más puede aspirar toda semilla, sino a ser segada para recoger su fruto? -contestaba yo, que realmente mi subconsciente sólo parafraseó la frase de Terry Pratchett- Nos siembran para esto. [...] Corre.


Y en ese momento hacía aparecer la guadaña, la levantaba contra ella, y ella se cubría. Pero no era a ella a la que se la clavaba. Hacía un giro muy raro y clavaba la guadaña en mi vientre y subía hasta la cabeza, me abría a mí misma en canal. 


La pompa que nos cubría se rompía. Permanecía muerta unos instantes, que eran suficientes para que ella huyera. Pero cuando volvía en mí, sabiendo que si moría una vez más, no podría regresar a la vida.
Seguí el olor de mi amiga hasta encontrarla de nuevo y le explicaba que o me la llevaba o moriría yo.


-¿Y si borras tu nombre del libro? -sugería su novio.


Para hacer eso tenía que ir al mundo de la muerte, pero algo tenía que mantenerme atada a este mundo. El único método posible era matarme y que mi amiga muriera lentamente, así podría ir al  mundo de los muertos pero a la vez estaría atada al mundo real por una tarea que tenía que acabar.


Nos tumbamos en el suelo de una biblioteca. Corté lentamente con la guadaña el cuello de mi amiga, de forma que a lo mejor en desangrarse completamente tardaría lo suficiente como para que yo fuera y volviera.Me volví a abrir en canal.


Esta vez aparecí en un mundo todo rojo, era como estar en las entrañas de algo. Había criaturas raras y gente que había muerto por ahí bailando y de fiesta. No creo que supieran que estaban muertos.Veía luz tras una cortina, y no sé porqué sentí que el Tractatus estaba ahí.


Una criatura, como un sátiro, me miraba y se reía.


-Tú eres la nueva, ¿no?. Nos hemos divertido mucho viendo tus sentimientos. Quieres borrar tu nombre del Tractatus. Adelante, sigue la luz hasta él. Ya verás como te encuentre el Señor de la Muerte. Entonces desearás estar muerta, o viva mejor dicho. Pobre chica en el estado intermedio... -tenía voz de borracho completamente.


Tras la cortina había un jardín con un camino de piedra, que llevaba a una gran sala. La sala, al entrar era un areópago. Todos los filósofos jamás existidos y por existir estaban ahí, debatiendo sobre cuestiones que en ese momento me parecieron triviales. Todos parecían de una edad en torno a los 30 y vestían de blanco.
Se quedaban mirándome cuando entraba. Luego se apartaron a los lados y uno dijo "El libro está por ahí" y me dejaron pasar sin más.


Llegue a una sala donde no había nada, excepto una mesa y el libro.


Cogía el libro y volvía al mundo real con sólo desearlo.


Volvía a estar en la biblioteca. Mi amiga estaba allí casi muerta. Una unidad de médicos y enfermeros habían venido. Yo era un cadáver con movimientos, pero no estaba viva.


-¿Cómo borro mi nombre del libro? -le preguntaba a su novio.


-La sangre sólo se borra con fuego.


Entonces corría, mientras ellos la reanimaban, a un lugar al lado del mar. Estaba anocheciendo, tenía que hacerlo antes de que se pusiera el sol.


Una voz dentro de mi cabeza, bastante imponente y que me daba miedo de verdad decía "¿Estás segura de lo que vas a hacer? La ira del Señor de la Muerte caerá sobre todo lo que amas?"


Arrancaba la última hoja escrita, que llevaba mi nombre y el de miles de personas más. Si quemaba la hoja no sólo me afectaría a mí, sino a todas aquellas personas que también eran la muerte.


-Si quieres abandonar tu tarea, sólo has de pedírmelo. -me giraba del susto. Era el Señor de la Muerte, yo nunca lo había visto, y me lo esperaba más imponente. Pero no, era sólo un chico, con apariencia más o menos humana. -Dame la hoja.


Con su dedo, cuya punta era sólo hueso, tachaba mi nombre. El nombre volaba al mar y al contacto con el agua se incendiaba.


-No entiendo por qué os complicáis tanto la existencia, basta sólo con pedir y se os dará. Pero no, cada vez que uno desea dejar de segar para convertirse en parte de la cosecha, desea quemar el libro. ¿Qué problema tenéis con el libro? Bueno, al menos nos has deleitado con tu numerito. -y sonreía de una manera un poco rara, cono quien no sabe, una media mueca rara.


-No te imaginaba así. Tenía miedo.


-Deberíais tenérmelo. Vuelve a vivir como si nada nunca hubiera sucedido. Estás perdonada. Nos veremos dentro de poco.


-¿Poco?


Y el sueño acababa en que volvía con unos libros a la iglesia en el domingo, tras vagar por la orilla del mar desde que borraron mi nombre y sintiéndome rara, como quien pierde su poder y a la vez tiene que aprender a andar de nuevo tras haberse acostumbrado a volar.






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